Archivo diario: diciembre 16, 2008

El Templo de Debod, un lugar mágico en el centro de Madrid

No importa que haga sol, que esté nublado e incluso que nieve. Cualquier estación es buena para acercarse a este templo milenario situado al oeste de la Plaza de España, junto al Paseo del Pintor Rosales. Porque cada momento pasado en ese lugar se acaba convirtiendo en un bonito recuerdo, el Templo de Debod tiene esa cualidad.

La llegada de este monumento a Madrid tuvo lugar en 1968. Sin embargo, su historia se remonta milenios atrás.  Hace 2200 años, el rey Ptolomeo IV Filópator mandó construir un templo en honor al dios Amón en Debod, una localidad situada en el sur de Egipto.  Modificado años más tarde por el rey nubio Adijalamani (Adikhalamani) de Mero, incluyendo imágenes de sus propias divinidades, la capilla se conviertió en uno de los edificios religiosos más importantes del país.

Con la construcción de la primera presa de Asuán en 1960, el templo quedaba inundado al menos 9 meses al año, con lo que se deterioraron sus relieves y la piedra arenisca de sus muros sufrió un gran desgaste. Un años más tarde, debido a la construcción de la segunda presa, se decidió desmontar y trasladar el templo y otros edificios de la zona para su conservación.

Una vez desmontado el templo, fue llevado a la isla Elefantina, junto a la localidad de Asuán. Allí permanecieron la mayoría de los bloques de piedra hasta el mes de abril de 1970, cuando fueron transportados a Alejandría. Desde su puerto, se enviaron a Valencia, y desde allí a Madrid. El templo se concedió a España en forma de agradecimiento por la ayuda del Comité Español, un grupo de salvamento para los monumentos de Nubia creado en 1960 por el profesor y arqueólogo español Martín Almagro Basch.

 

Templo de Debod

Templo de Debod

 

Desde entonces, ha servido a los jóvenes de la capital para beber al aire libre y disfrutar de la noche madrileña, a parejas de enamorados que lo han elegido como lugar para pasar las tardes veraniegas, grupos de amigos que se reúnen para practicar deporte y turistas fascinados por encontrar en pleno centro este templo.

Un lugar indispensable para acercarse y disfrutar de su grandiosidad. Sin embargo, hay un momento único en el día  para contemplar esta maravilla arquitectónica: el atardecer. Porque la luz rojiza del sol que se pierde en horizonte hace que este templo egipcio nos remonte a otra época, nos traslade hasta la belleza del antiguo Egipto.

 

MARTA BAC